{AI-generated audio narration.}
La pluma de un hombre es más poderosa que su palabra.
Un hombre escribió un libro y, por conveniencia narrativa y para evitar el problema de que su nombre legal ya estaba tomado por otro hombre, utilizó un seudónimo. Lo había escrito, editado y, en un ataque de optimismo tan profundo que rozaba lo patológico, decidió publicarlo a través de un servicio de publicación directa.
Entonces, recibió en su bandeja de entrada un mensaje del servicio editorial, enviado desde una granja de servidores en algún rincón húmedo de América. El mensaje tenía el tono claro e impersonal de un oficial de aduanas. Indicaba que su libro presentaba una sospechosa semejanza con otro, publicado en otro lugar por alguien más. Se le pidió al hombre que proporcionara “documentación”.
Esto era, evidentemente, problemático, ya que raramente se guardan recibos o pruebas de los propios pensamientos. El hombre respondió con diligencia, explicando la verdad sencilla y sin dramatismo: “Yo escribí esto. Es mío. Utilicé un seudónimo, un nombre artístico. No hay nadie más”. Este tipo de respuesta honesta y directa es precisamente lo que los sistemas informáticos, en su infinita sabiduría, están programados para desconfiar inmediatamente.
Previsiblemente, el sistema de inteligencia artificial del servicio editorial rechazó su explicación, replicando con arrogancia concluyente: “No ha proporcionado documentación. Las declaraciones no son pruebas”.
El hombre suspiró el suspiro de quien acaba de recibir la absurda petición de probar su propia existencia. Firmó la declaración con una pluma sobre papel, en un gesto que se sintió totalmente absurdo, la fotografió con su teléfono móvil y la envió por correo electrónico.
Se decía que una negativa podía significar más que simplemente impedir la publicación de un solo libro; podría provocar consecuencias devastadoras: congelar o incluso eliminar toda la cuenta del hombre. Todos sus libros publicados previamente desaparecerían al instante, sin dejar ningún rastro digital de las incontables horas, meses y años dedicados al trabajo creativo. Peor aún, se le podría prohibir permanentemente publicar nuevamente en ese servicio editorial, ni con su nombre real ni con cualquier seudónimo imaginable: un absoluto exilio literario a merced de un algoritmo.
Un nuevo mensaje llegó del editor indicando que necesitaban “tiempo adicional” para examinar el caso. Este fenómeno es habitual en los sistemas burocráticos, donde el tiempo mismo puede estirarse y torcerse en formas extrañas y elásticas, generalmente para retrasar el momento en que alguien debe admitir que no tiene la menor idea de lo que realmente ocurre.
Finalmente, llegó la gran resolución. Después de otro día, presumiblemente lleno de intensa reflexión computacional, el sistema de inteligencia artificial emitió su veredicto. El problema, declaró ahora, era que el documento no explicaba la coincidencia y relación con otro libro previamente publicado.
El hombre contempló el mensaje, enfrentándose ahora a una misteriosa coincidencia y relación con un libro del cual jamás había oído hablar y una conexión inexistente.
Una vez más, el hombre garabateó su firma con una pluma en un papel, invocando el principio “La pluma de un hombre es más poderosa que su palabra” para otorgarle la autoridad de un texto sagrado. Así, finalmente, el servicio editorial aprobó su libro.
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